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Yo soy Parker

Un Cuento de Alexander Giraldo

“La experiencia pasada nunca predice el futuro”

Recuerdo haber leído eso en algún lado y cuando lo hice no le di ninguna importancia. Una frase más. Alguien inteligente haciéndose el inteligente. Pero ahora podría ser que esta frase sea la base de mi existencia. De verdad. Aunque suene exagerado o complejo lo es. Debo empezar por el principio. Me llamo… mejor no. Me dicen Parker. Como Spiderman. Porque soy re-fanático. Tengo 11 años. Recién estoy en la escuela. Me va bien, sobre todo en filosofía. Me encanta la historia y la filosofía. Nunca nada me apasionó tanto ni la música o los deportes. Nada. Saber sobre el pensamiento de los pueblos, del inicio del mundo, de las preguntas y las respuestas, me encanta. Tal vez no entienda mucho pero al menos me gusta creer que lo entiendo. Soy muy tímido. Mucho más de lo que me gustaría. Y he tenido un problema enorme desde hace mucho. Me cuesta cantidades comunicarme. Decir lo que siento. Es extraño porque sí logro decir lo que pienso cuando se trata de cualquier cosa que me afecte 5 metros a mi redonda. De allí para acá, la cosa se pone complicada. Allí no soy capaz de hilar nada. No digo nada. Absolutamente nada. Ese es el motivo de esta historia. No ser capaz de decir algo.

Antes del inicio de esta historia mi vida pasaba por un sin salida. Una pregunta tras otra. Sin respuestas claras. Caminaba por todas partes y en todos los lugares una nueva pregunta. Me había enamorado por primera vez y por vez primera me habían partido el corazón. Eso fue el año pasado. En otro salón. Creía que nada podría ser igual. Sabía que estaba muy chico y que la vida, según Aristóteles, se basaba en crear objetivos y desarrollarlos, para fracasar, aprender y volver a empezar, pero lo que Aristóteles no sabía era esa sensación que me movía sin sentido en la escuela, en la casa, ¡en el mundo! Pero iba a aprender una lección de Aristóteles en el inicio de esta historia.

Era un día no muy brillante. La clase era idéntica a todas. Excepto porque por la puerta apareció la rectora acompañada de una niña. Angelita. El sólo verla hizo que todo el lugar cambiara para siempre. Que la luz del sol en las ventanas reflejara todo con nuevos colores, que la tiza en el tablero se convirtiera en piezas únicas e irremplazables, que el viento colmara de silbidos todo el lugar. Allí estaba ella. Angelita. Se sentó cerca de la puerta. Al otro extremo de donde estaba yo. Podía ver su cabello negro ondeando por una corriente de aire exactamente en ese lugar del salón. Su rostro redondo con una sonrisa de blanca nieves, que me llevaba al cuento una y otra vez. La situación no pasó de allí. De mirarla minuto tras minuto. De identificar cada centímetro de su cabello, de su rostro. Y así ocurrió durante varias semanas. Lo increíble de todo esto era la situación que ocurría en cada clase de filosofía e historia. Angelita y yo parecíamos hablar el mismo idioma. En esa clase todo se detenía: el tiempo, el sonido, la luz, el viento. Todo. Sólo se escuchaban las voces del profesor, de Angelita y la mía. Nadie más participaba. Todos nos miraban mientras hablábamos del mundo. De la vida. De los antiguos. Del pensamiento. De las ideas. Pero tras cada clase todo se convertía en lo mismo. Ni siquiera me miraba. Parecía sólo existir para ella en clase de filosofía e historia.

Un día, solo, sentado en mí muro; una pared pequeña cerca de las canchas de fútbol, como lo había hecho desde que tenía uso de mí; miraba como todo el colegio se movía de un lado a otro, como hace tanto tiempo, como siempre. Los gritos, las risas, el golpeteo del balón, las persecuciones, el olor a chocolate con pandebono por todos lados, todo eso lo observaba mientras pensaba en cuando algo iba a ocurrir distinto. Entonces mientras paseaba la mirada de un extremo a otro me tope con ella. Con Angelita. Frente a mí. Con el sol en sus espaldas, que parecía formar una aureola sobre su imagen. Su sonrisa de blanca nieves y un “¿Querés hablar conmigo?”. El mundo se detuvo. Ahora si se detuvo. Hasta mi corazón dejo de palpitar durante microsegundos que parecían siglos. No fui capaz de decir nada. Sólo la mire. Y luego vi hacía mí costado. Ella se sentó a mi lado. Entonces empezó a hablarme de ella. De porqué le gustaba la filosofía y la historia. Porque no me hablaba nunca excepto en esas clases. Yo sólo podía escucharla y no dejar de verla. No podía decir nada. Me moría por decir cualquier cosa pero no podía. Pero ella me entendió o trato de hacerlo. Creo que leía mis palabras en mis ojos y en el temblor de mis manos, porque no paraba de hablarme y sonreírme. El mundo nunca fue perfecto hasta ese instante. Y lo fue hasta que sonó la campana para ir a clase. Ella me miro de nuevo y me dijo “Mañana hablas vos ¿listo?” y se marchó. Yo sólo moví mi mano y le dije adiós con el gesto.

Regrese a casa con algo nuevo dentro de mí. Un algo inexplicable. Inexplicable porque yo había cambiado. Había perdido algo hace un tiempo y ahora ese algo parecía regresar a mi cuerpo, pero no era físico. Era intangible. Pero no sabía lo que era.

Otro día. Nunca hice tantas preguntas en clases. De cualquier cosa. Sólo con el ánimo de acelerar las clases y que el tiempo avanzara para regresar al descanso y poder hablarle a Angelita de mi. Y así fue. El reloj se movió de una forma increíble. Y Pas: el descanso. Corrí a mi muro, a la pared que me acompañaba desde que podía caminar en el colegio. Y luego ella apareció. Un “Hola”  fue suficiente para darme cuenta que no iba a poder hablarle. Que todo mi ser me decía “Hablale, tenés que decirle cualquier cosa” pero nada. No podía. Entonces ella se puso seria. Me miraba profundamente. Yo trataba de sostener su mirada pero me desconcentraba la impotencia de no poder hablar. Un silencio enorme. Un silencio incomodo. Todos sabemos que hay que decir algo pero nadie dice nada. Y entonces abrí la boca: “Una vez me caí de la bicicleta y me rompí la cabeza”. Ella me miro como si yo no hubiese dicho nada. No mejor. Como si lo que acababa de decir fuera lo más absurdo y tonto que haya escuchado en sus 11 años de existencia. Me quedé pasmado. Intranquilo. Ella entonces se levantó. Dentro de mí sabía que esas 12 palabras habían destruido cualquier buena imagen que Angelita pudo crear de mí. Angelita se puso frente a mí, creí que tal vez me iba a golpear, tal vez lo merecía, ella había confiado en mí la mañana anterior y yo le salgo con tremenda tontería. Entonces corrió su cabello hacía atrás y me señalo algo. Me acerque. Era una cicatriz. “Yo me caí de mi coche cuando era bebe”. La mire y ambos nos sonreímos. ¿Sabes lo que es eso? ¿Cuándo las personas son únicas en el mundo? ¿Cuándo se parecen tanto? ¿Cuándo una busca algo que la otra tiene? Ese era ese momento. No necesite más y no pare de hablar de mis cicatrices y mis caídas en el mundo. Hable de todas: cuando casi me ahogo en un río por correr tras un balón, cuando me caí aprendiendo a montar skateboard, cuando creí ser capaz de ser campeón de bicicross, todas y cada una de mis raspaduras jugando fútbol, todo. No paré hasta que sonó la campana. Ella me sonrío de nuevo. Yo la imité.

No dejamos de hablar todos y cada uno de los días en mi pared. En mi muro. Primero fueron tonterías, pero después fue del mundo. De todo. De ella, pero nunca de mí. No es que no confiara en ella, para nada, podría confiarle mi vida a Angelita, pero no era capaz de decirle lo que sentía dentro, dentro. Incluso no era capaz de decirle que estaba enamorado otra vez. De nuevo sentía que algo se llenaba en mi cuando hablaba con ella, cuando imaginaba su mundo, sus ideas, sus pensamientos. Pero no podía decírselo.

Era domingo. Llovía fuertísimo. Y en mi cuarto pensaba en ella. Tenía una discusión airada conmigo mismo. Por un lado me decía que tenía que decirle todo lo que sentía. Por el otro lo dudaba, no quería caer en el sin salida del amor. El otro lado decía que entonces no hablara y que la besara, que ella entendía el lenguaje del cuerpo. Y el otro lado decía que no. Que no arriesgara nada, que ya había pasado por muchos momentos desquiciantes y que no se deben repetir. Entonces me deprimí. Mucho. Y dormí.

Tras varias semanas de hablar y leer juntos, Angelita y yo éramos uno sólo: Pensábamos, hablábamos y actuábamos conectados extrañamente, pero yo sabía que algo tenía que pasar y sentía que ella también lo pensaba pero no ocurría nada. Una tarde en clase, nos llevaron a conocer una reserva forestal y entonces lo decidí: la iba a besar y decirle que la amaba. Busque el momento y el lugar. Un sendero entre los árboles, cuando la clase ya no estaba. Allí era perfecto, hasta el entorno podría ser mi compinche en todo esto. Entonces allí estábamos, los dos. Frente a frente. Mirándonos. Y no podía decirle nada. No era capaz ni de moverme. Ella me hablaba de la belleza del sitio y me miraba, pero yo sólo sonreía. Dentro era una locura: voces que me decías “háblale, háblale”, otras que me decía “después, después”. Podía enfrentarme a todo, haberme caído de la bicicleta 30 veces, tener 48 cicatrices por el fútbol, los patines y la bici, pero no podía enfrentarme a Angelita. Mi Angelita. No podía besarla. Sólo un besito. Sabía que con ello ella entendería todo. Lo sabía. Lo sentía. Y entonces ella se quedó en silencio. Mirándome. Ella y yo sabíamos que algo tenía que pasar. Algo. Cualquier cosa. Para que nuestra relación pasara a otro nivel, sino tal vez seriamos lo que somos ahora por siempre. Y no es que no lo quisiera, es que también quería amarla, que me amara. Eso. Eso lo quería.

Entonces mire a mí alrededor. Ella también lo hizo. Me acerque con el miedo del mundo. Y conecte mis labios a los suyos durante dos fracciones de segundo y luego me hice para atrás. Ella me miro con algo de nervios. Y yo quería morirme. Entonces ella abrió su boca y dijo: “La experiencia pasada nunca predice el futuro” ¡Wow! Nunca había escuchado nada tan inteligente en una niña de 11 años, ni en un niño. Entonces ella se acercó y me besó. Está vez nuestro beso duró un poco más de dos segundos. Entonces nos miramos y corrimos entre la reserva forestal buscando a los demás. Nadie nos quitaba el rostro de alegría que teníamos. Nadie. En ningún lugar del mundo.

Desde ese instante mágico supe que esa frase era real. Que mi vida tenía que pasar a otro nivel y no por Angelita, sino porque había creído, ciegamente, en que cada paso dado se repetía de nuevo, que nunca avanzaba a ningún sitio. Y no era cierto. Nunca lo fue. Ahora siento que este nivel es el del aprender a conocerme y saber que debo confiar en mí, en lo que pienso, en lo que siento. Por eso no dejo de decirle a Angelita que la quiero. Y que la querré siempre a pesar que alguna vez alguno de los dos deje la escuela o deje de ir a nuestro muro en los descansos, a decirnos todo. A hablar de nosotros, de la historia, de la filosofía, del amor. De todo.

«Y no me precio tampoco de ser el primer inventor de mis opiniones, sino solamente de no haberlas admitido ni porque las dijeran otros ni porque no las dijeran, sino sólo porque la razón me convenció de su verdad.»
Descartes. 1596-1650

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