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San Cayetano

Un Cuento de Alexander Giraldo

 

¿Porqué no le hablo de la relación impura entre el sacristán de la iglesia cercana a mi casa y su mascota; un gran Danés enorme?

Y es que esta relación es el escándalo de por aquí. No solo por las connotaciones socio-morales que significan, el acercamiento sexual entre dos especies total y enfáticamente diferentes, sino también por el hecho del llamado “secreto de barrio” (Y lo marco entre comillas, porque es que a nadie le gusta que los demás anden difamando por ahí las cosas que pasan en su barrio.) Y si está aberración demoniaca está pasando en mi barrio, pues lo más derecho es que yo la defienda como sea, porque vivo aquí y puedo jugar a la crueldad con el sacristán todas las veces que quiera. Tirarle piedras, escribirle con aerosol, en las paredes blancas de la iglesia: “Ojo con maricondios” o “Arriba el perro, porque el sexo canino es moral”.

Bueno sigo con lo “secreto de barrio”, cuando todos nos dimos cuenta de que semejante aberración carnal estaba pasando al interior de la casa cural, todo el mundo se puso pilas: “que ojo con los french puddles, o con los pobre gaticos angora de doña Aura, la portuguesa”. Todo el mundo regó la bola del sacristán gringo que acababa de llegar y que vieron en pleno atrio de la iglesia, en tremendas poses con la bestia esa de Caín (así se llama el perro). El que los pillo en esas fue Jairito, un niñito de apenas 11 añitos, pero con todo el recorrido para contarnos, en forma detallada, lo que ocurrió; claro, antes que su tía se fuera de bruces al ver al sacristán en semejante escena. “Lo más curiosos de todo”, contaba Jairito, “es que la tía se desmayo en el acto y el sacristán no sabía cómo despegarse de Caín que lo tenía bien agarrado”, y el tipo en una angustia tenaz, le tocó arrastrar a Caín, que jadeaba, mientras el gringo este, intentaba revivir a la tía de Jairito que miraba la escena con la boca abierta, viendo al sacristán en bola y con un gran danés agarrado a su cuerpo. Y si el perro se llama Caín, ya todo está dicho he imaginado ¿Si o qué?

Después de esa fecha, todo el barrio se enteró y se puso en la jugada para que nadie, aparte de “las respetables gentes de San Cayetano” se dieran por enterados. “Y es que la dignidad del barrio hay que mantenerla en alto” decía por ahí doña Margara, una vieja chismosa y rezandera, que alguna vez la vieron dañándole la cabeza a un pobre mensajero, que la puso a entregar mensajes a cambio de favores sexuales.

Todos, desde Cardona el chancero, hasta don Miguel, el narco de la cuadra, se pusieron a cuidar “el secreto de barrio”: “Cuidadito a alguien se le abre la boca para contarle a otro que no sea del barrio lo que sabe… hablen de lo que quieran, si es con un vecino, rajen, difamen, vociferen, aumenten, distorsionen, escriban, tomen fotos… hagan lo que quieran!, pero no la vallan a contar a nadie que no sea conocido, ¡por Dios!”. Y así lo hizo todo el mundo.

La relación horrorosa entre el sacristán gringo y Caín, fue la comidilla todas las mañanas en la carnicería, en el salón de té por las tardecitas y en esquinas por las noches. Mientras tanto, Caín y el sacristán se paseaban por el barrio como si nada: saludaban a todo el mundo, tomaban café por las tardes, visitaban a las viejas rezanderas, oraban los mil jesusees, etc.
El domingo en las misas de la mañana, mientras el sacristán cumplía con sus deberes litúrgicos, el Caín se paraba a un lado del altar, pillándose a la gente todo celoso.

La vida continúo normal en San Cayetano, aunque muy a menudo todo el mundo se levantaba preocupado, cuando escuchaba los gritos desgarradores del sacristán ¿Quién sabe porqué? La gallada mía seguía montándosela al degenerado ese y no perdíamos oportunidad para cantarle la tabla. Hasta el Jairito se inventó una fórmula para que Caín entendiera las imágenes de una película de sadomasoquismo “dizque para que aprendiera”.
Yo me la paso rayándole la pared blanca de la iglesia por las noches y de día me ofrezco a pintarla por una módica suma

Hermano, “San Cayetano” es muy bacano. Es fresco. No hace calor y sus gentes son todas colaboradoras y decentes. Ahí está el cura. Le dicen Pacho. Es el dueño de Caín y jefe del sacristán gringo. El tipo es un alma de Dios. Ha aceptado todo entre Caín y el sacristán, pero dice que Dios no es suficiente testigo a los actos entre los dos, y desde hace unos meses decidió formar el tercio. Para completar la historia, ahí está dando misa de los domingos y caminando de la mano del sacristán, mientras lleva de la otra el lazo de Caín.

Los gritos desgarradores ahora son dobles.

 

 

Nota: Foto extraída de: http://fiveprime.org/hivemind/Tags/aner,graffiti/Timeline

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