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La Ciudad

Un Cuento de Alexander Giraldo

¡Ah, que vaina andar en estos colectivos tan estrechos!, es casi como andar metido entre pedazos de carne, pedazos de carne que se ven mal, huelen mal y se escuchan mal.

Como extraño mi cuarto. Hace solo un minuto que salí de él y ya extraño todo lo que significa para mí. Y es que, podría asegurar, que mi cuarto soy yo; así con su oscuridad; con el calor que hace allá a dentro y que Juanita no se aguanta; con los montones de libros acomodados según mis gustos, con todo ordenadito; con las cortinas negras que, me encantan por ser negras, y porque logran separarme del azul intenso del día, que crece a diario después de mi ventana, pero que antes de ella, solo es oscuro y todo gracias a mis cortinas negras… mi cuarto, con está maquina vieja que aún escribe de puro milagro, ya hasta se ha ganado un odio especial porque sus carretes no giran y me toca moverlos, en medio de tremenda inspiración!… mi cuarto, con paredes blancas que,(¡la madre!), quisiera tumbarlas y dejarlas de color rojo ladrillo; un rojo que se parece a la sangre coagulada que se le quedó pegada en el rostro a Cristo, un personaje violento que escribí en medio de mi propia violencia…

Lo extraño, ¡A mi cuarto! Porque voy mirando el asfalto que pasa rapidísimo, sin dejar que yo pueda enfocar bien, sólo veo gris, gris y gris, largo, largo…

¡Que vaina!, ¿Para qué me salí de mi cuarto, si lo extraño tanto?, y es que deseo con vehemencia que ocurra algo desastroso y tumbe mi casa, y yo quedé atrapado para siempre en mi cuarto, sin poder mirar, nunca más, hacía las montañas de la cordillera que se va cayendo presa del valle majestuoso y que, desde allá lo puedo ver a la perfección!… si, definitivamente, lo extraño… pero sigo en este espacio pequeñito, que se mueve acompasadamente y me muestra el mismo paisaje de todos los días: la avenida tercera con sus innumerables semáforos (a los que les agradezco el tiempo que me regalan para continuar leyendo cualquier pedazo de frase de mi libro, que no dejo ni por el berraco!); el puente de los seguros sociales, que me deja ver un pedazo de Cali (el mismo pedazo desde hace mucho tiempo); la avenida de las Américas, que todavía no conozco y no me canso de mirar, además tiene las banderas de los países del continente y sólo me di cuenta hace unos días y me dio una rabia tenaz por mal observador!); a la torre de Cali por majestuosa y hermosa; por último, la entrada a la calle 15, la calle del centro!

Y sigo aquí, metido en este carrito, que lleva a tres personas más que miran a través de las ventanas, buscando algo que las obligue a no mirar a los que van dentro compartiendo el mismo espacio. Yo si los miro, y los miro con desprecio y me la sodo cuando me miran y sienten ese desprecio mío; un desprecio que yo hago con los ojos; porque los miro duro, profundo y luego los saco del cuadro rápidamente, dejándolos en un sin salida, un según de desazón, porque es que la gente es pendeja y cree que todo el mundo es amable en una “ciudad amable”.

Y el colectivo sigue su marcha rápida, sobre el asfalto de la tercera norte. Sigue siendo estrecho, pero rápido; por lo menos más rápido que los buses, además hay que pensar en que este es el servicio de los noventas, así: pequeño y estrecho, como haciéndole compañía al constante pensamiento de la mayoría, obtuso.

Que bacano es recibir la brisa de la Cali del norte, aunque con este sol de las tres de la tarde, que parece como si no se cansara de convertir a Cali en la ciudad del sol eterno. Un sol que al caleño le ha tocado aguantar porque si llueve, el sol que sale después es tan bravo como el del verano más fuerte. Y es que son como 35 grados, pero sigue ventiando. Por eso digo: ¡que bacano recibir la brisa del norte de Cali!, y digo del norte, porque hacía el sur, poco me muevo. Antes iba mucho, que a donde Carlos, a donde Ricardo, que a ensayar a tocar metal fuerte para sacarnos el diablo de dentro, que adonde Elisa (Mi novia. Una novia que todos los días recuerdo y que me duele su soledad. Que sé, ha estado construyendo un cuartico detrás de la casa de su mamá, y ha metido todas las cosas que nos dimos de novios: pendejaditas, que las carticas, los muñequitos, las foticos… bueno, todo eso que para unos noviecitos como lo éramos nosotros, era todo, y las ha acomodado una por una, alrededor de las paredes del cuarto, y como eran tantas, apenas le queda un espacio pequeño y redondito en el centro de la habitación. Allí se queda mirando y mirando, recordando los paseos por el cam, las idas a cine a ver las películas que a mi me gustaban y que ella le tocaba ver, las innumerables peleas por bobadas que caracterizaron nuestra relación y hasta la estigmatizaron… y me he dado cuenta, que ha cerrado las puertas y ventanas, y en los espacios que le habían quedado en el cuartico, ha pegado páginas de la Biblia, – así como el cura de “La Profecía”-, que para que no entre el diablo, – que soy yo- al cuarto y destruya el recuerdo que quiere dejar allí encerrado para poderlo olvidar!…)  en aquél tiempo el viento del sur, era rico, pero fue cambiando y yo también, y me quedé con el del norte!

Ya vamos subiendo el puente de los seguros sociales, y se me hace una verraquera poder mirar por el lado derecho, porque se alcanza a ver el cerro de las tres cruces, que va bajando y llega hasta chipichape, pero que deja ver también la fachada del santuario de la virgen de Fátima que tanto me gusta, las vías férreas que se van yendo hacía el pacifico, acompañadas de pura grava y que se me asemeja a arena o tierra seca, y lo que paga es grabar una escena de un western o algo por el estilo, con un duelo y todo eso…

La verdad es que poco se ve del paisaje, pues hay un par de torres de apartamentos que han logrado ganarse su propio tono dentro del cuadro derecho del puente de los seguros (si es que vas del norte al sur). Hacía el lado izquierdo no me gusta mirar, todavía no sé porqué, pero siento una vaina rara cuando volteo a mirar para allá, es como un miedo, como una sensación de fatalidad, de recuerdo macabro…

Y nos vamos introduciendo más y más a esta ciudad, una ciudad de muchos pero de ninguno, y lo digo mirando a la interminable cola de carros en las dos calzadas de la avenida de las Américas, todos pitando y buscando destino en medio de ese vivir estrepitoso. Y uno de pasajero que se va acalorando, que mira la hora y mira por el parabrisas a ver si ya se ha avanzado alguito, y nada, y pito, y grito, y otra vez el reloj, y otra miradita…pienso: “maldita sea, calmémonos, calmémonos… está vaina no se va a mover si yo sigo acalorándome, calmémonos” ¡pero que va!, que el pito y el sol dándome justo en el rostro, y por aquí que no ventea ni poquito, porque está avenida de las Américas está infestada de edificios que no dejan que baje esa brisa bacana que viene desde los farallones y que, me imagino, hace veinte años era una nota, pero como ahora no estamos en “hace veinte años”, entonces a aguantarse el calor y la bulla papito.

Cuando uno ya está a punto de sacar el demonio de dentro y ya el desespero lo ha atrapado a uno y no lo quiere dejar ir, entonces es que el carrito este, comienza a avanzar rápido, rápido y se pierde de esta avenida que controla un enorme edificio que, desde que lo construyeron, se ha convertido en todo un símbolo de progreso (¿Progreso? Que va, pura fachada)

Y ahora un poco más calmado y a punto de bajarme de mi transporte a lo conocido-desconocido, pienso en que aún no he contado el por qué me vengo hasta el centro si debo pasar por tantas vainas, y la respuesta es sencilla: comunicación. Así como se escucha, comunicación. Y eso que yo me considero solitario empedernido, pero vengo y paso tantas penurias existenciales, porque necesito comunicarme. Así no me conozca el tipo que camina al lado mío, pero yo le digo algo o pienso algo de él o de la vieja que va con la niñita al lado y no hace sino empujarla y regañarla. A esa vieja si le pego su empujoncito, para que vea que también hay gente que le puede hacer daño. ¡Ay y que mire mal!, inmediatamente le descargo una de mis miradas de desprecio, de esas que yo se dar, e inmediatamente voltea a mirar para otro lado como si nada. Sigo fresco.

Y es que la gente de Cali es toda fresca: les encanta el desorden, las colas, el ruido, el caos, la rumba… hasta el calor, pero lo que si no toleran, ni poquito, es compartir medio centímetro de oxigeno con vos, ¡Ha eso si no! cuando se trata de compartir algo, entonces comienza que la mala cara, que el “pero es que tal”, que la miradera del reloj a ver si no lo demorás mucho… bueno. Eso si he pillado. Y a la gente se le habla de civismo y entonces se despelotan por recoger la basurita del piso, por hacer carita de “yo no fui”, pero por dentro, no hacen más que mentar madres por sapos y regalados…

Por eso es que a mi me encanta Cali, porque está llena de tanta miseria en las calles (¡Pero no miseria de pobreza, no me vas a entender mal!) que uno no hace sino ver cuadros para poder ir y encerrarme en el cuartico oscuro, de cortinas negras y que hace calor como el berraco, para desahogar sensaciones en papel blanco y con tinta negra, de una maquina que ya está tan vieja que se ha ganado un odio especial que la hace única… como Cali.

 

(De 1998)

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